Erasmo llegó a ser la expresión simbólica de los más
secretos anhelos espirituales colectivos de su época. Como abanderado de un
nuevo modo de pensar Erasmo se erigió en impugnador de toda reacción, de todo
tradicionalismo; precursor de una humanidad más alta, más libre y más humana.
Conquistador sin violencia, sólo por la
fuerza reclutadora y convincente de unos resultados espirituales, el humanismo
erasmista abomina toda forma de violencia. Espontaneidad e íntima libertad son sus
leyes fundamentales. No con intolerancia, como anteriormente los príncipes y
las religiones, es como quiere la posición espiritual de Erasmo someter a los
hombres a sus ideas humanistas y humanitarias. El humanismo no tiene sentido
imperialista, no conoce ningún enemigo ni quiere ningún siervo. Toda
intolerancia -que siempre, en el fondo, procede de una incomprensión íntima- es
ajena a esta teoría de inteligencia universal. Humanista puede llegar a serlo
todo aquel que sienta aspiraciones hacia la educación y la cultura; todo ser
humano de cualquier categoría social tiene acceso a esta libre comunidad. «El
mundo entero es una patria común», proclama Erasmo en su Querela Pacis,
y, desde esta prominente altura para la contemplación del panorama europeo, le
parece un absurdo la criminal discordia de las naciones. Todas estas rencillas
en el interior de Europa, para el ser humano de ideas humanísticas no son más
que equivocaciones, debidas a una escasa comprensión, a una escasa cultura.
Erasmo sitúa lo europeo por encima de lo nacional, lo humano sobre lo
patriótico, y transforma el concepto del cristianismo, como pura comunidad
religiosa, en una cristiandad universal, un amor de la humanidad abnegado,
complaciente y humilde.
La condición previa y patente para Erasmo es
la eliminación de toda violencia y, en especial, la supresión de la guerra. Erasmo
tiene que ser considerado como el primer teorizador literario del pacifismo; no
menos de cinco escritos compuso contra la guerra en un tiempo de continuas luchas:
en 1504, la invitación a Felipe el Hermoso; en 1514, la dirigida al obispo de
Cambray, en la que le dice que «como príncipe cristiano, por el amor de Cristo,
debería aceptar la paz»; en 1515, en los Adagia, el célebre artículo que
lleva el título eternamente verdadero de «Dulce bellum inexpertis»
(«Sólo para aquellos que no la han experimentado parece bella la guerra»); en
1516, en sus Lecciones a un piadoso príncipe cristiano, le habla
admonitoriamente al joven emperador Carlos V, y, por último, aparece en 1517 la
Querela Pacis, propagada en todas las lenguas y, sin embargo,
desconocida por todos los pueblos, la «queja de la paz que ha sido rechazada,
expulsada y asesinada en todas las naciones de Europa».
A su juicio, tiene razón Cicerón cuando dice
que «una paz injusta es mejor que una guerra justa», La idea de la guerra no
puede, pues, jamás ligarse con la idea de justicia. Para unos seres humanos
espirituales, la decisión de un conflicto por medio de las armas no significa
nunca una solución moral del mismo. Nada reprocha más violentamente Erasmo a la
Iglesia, como suprema depositaria de la moral, que el haber renunciado, por un
acrecentamiento del poder temporal, a la gran idea agustiniana de «la paz
cristiana universal». «Se avergüenzan los teólogos y los maestros de la vida
cristiana de ser los principales incitadores, promotores y fomentadores de
aquello que Nuestro Señor Jesucristo odió tanto y de modo tan grande? -exclama
con ira-. ¿Cómo pueden reunirse el báculo episcopal y la espada, la mitra y el
casco, el evangelio y el escudo? ¿Cómo es posible predicar a Cristo y la
guerra, con la misma trompeta proclamar a Dios y al demonio?» «El eclesiástico
belicoso» no es otra cosa, por lo tanto, sino una contradicción con la palabra
de Dios.
Bibliografía:
Zweig, S. (2006): Erasmo de Rotterdam. Triunfo y Tragedia, Paidós Testimonio, Madrid.
Bibliografía:
Zweig, S. (2006): Erasmo de Rotterdam. Triunfo y Tragedia, Paidós Testimonio, Madrid.
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